Opinión

Sobre la consulta: ¿Democracia directa o representativa?

Por Patricia Vargas Bryan

Entre las múltiples discusiones vigentes en la agenda de lo público en nuestro país, la consulta ciudadana impulsada por Andrés Manuel López Obrador ha acaparado sin duda los titulares de todos los medios. Justo ahora el país entero se encuentra en una veda electoral dictada por el Instituto Nacional Electoral (INE) y dentro de un par de semanas la ciudadanía estamos convocados a acudir a un ejercicio de participación directa, la consulta popular.

Este mecanismo busca conocer si la ciudadanía mexicana aprueba o rechaza que “se lleven a cabo las acciones pertinentes con apego al marco constitucional y legal, para emprender un proceso de esclarecimiento de las decisiones políticas tomadas en los años pasados por los actores políticos, encaminado a garantizar la justicia y los derechos de las posibles víctimas” según la redacción final de una pregunta que el gobierno federal trató de posicionar como la aprobación o el rechazo a que presidentes de la república de periodos pasados fueran llevados a rendir cuentas ante la justicia por supuestos agravios a la nación.

Sin embargo, la suprema Corte de Justicia de la Nación modificó ese planteamiento con base en que la justicia no puede ni debe ser consultada, sino aplicada en caso de que hayan elementos judiciales para emprender procesos legales en contra de los mencionados.

De cualquier manera, para algunos analistas políticos y ciudadanos, la pregunta a la que somos invitados a responder sigue siendo ambigua, y en todo caso, de respuesta evidente: claro que esperamos que la ley se cumpla y se haga cumplir por las autoridades pertinentes en el caso de que se hayan cometido actos de corrupción o abuso de poder por parte de cualquier autoridad, actual o pasada.

Parece, entonces, que el llamado del Presidente es una nueva estrategia de comunicación para posicionar o medir su popularidad tras dos años y medio de gestión en medio de un clima extremadamente polarizado, y habiendo pasado también el proceso electoral intermedio que dibujó un mapa político más equilibrado que el del 2018, al menos en el poder legislativo federal.

Nuevamente, los mexicanos tenemos la decisión de participar o no participar en este llamado, como en cualquier otro proceso democrático. A diferencia de las elecciones populares, la consulta nos hace una pregunta con la supuesta intención de tomar una decisión de política pública con base en la respuesta de la mayoría. Mientras que en los comicios regulares, elegimos a quienes nos van a representar y en quienes confiamos la toma de esa y cualquier otra decisión de la vida pública.

Ambos ejercicios tienen en común que reflejan tendencias que para los partidos son importantes de revisar. Tanto en las elecciones como en la consulta, la ciudadanía expresa indirectamente una evaluación de sus gobernantes, votando o absteniéndose de hacerlo. En este caso, Morena intentará movilizar a sus bases y gobiernos locales para llevar a la mayor cantidad de ciudadanos a las urnas, y demostrar que la aprobación del presidente sigue siendo alta con respecto a la opinión de sus opositores; también aprovecha para reposicionar el tema que sabe que llevó a Andrés Manuel a la presidencia: la desaprobación generalizada por el desempeño de los partidos opositores en el gobierno federal de sus antecesores, y el descontento social que le otorgó una amplia diferencia en contra de sus contrincantes del PRI y del PAN.

Las democracias se construyen cotidianamente, con acciones de gobierno y de todos los actores que componen a la sociedad. En la medida en que podamos impulsar la aplicación de más instrumentos como las consultas, los plebiscitos o referéndums, y exigir que contengan temas interés popular con carácter vinculante, los gobiernos de los tres órdenes tendrán que aplicarlos con mayor frecuencia y estructurarlos conforme a derecho para que no quedemos nuevamente con la sensación de que el ejercicio es un gasto ineficiente del presupuesto, y una artimaña política o populista cuyo resultado sólo interesa a ellos.

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Opinión

¿Otra vez lo normal?

Por Miguel Ángel Ordaz

Cuando empezó la pandemia, ya hace un año y medio, también se empezó a hablar de una nueva realidad; la que vivíamos había rebasado la razón y se había asentado la mala costumbre de aceptar el perjuicio para muchos y el beneficio para unos pocos. A fuerza de repetirse, se consideró normal que en procesos electorales la mentira fuera en todos los casos la principal oferta política a la comunidad.

¿Por qué se mentía?, porque era y sigue siendo válido en tanto no se cuestionen las promesas, es decir, se exija el detalle de la oferta – tiempos, recursos necesarios, planes y acciones, resultados proyectados, beneficios potenciales, entre otros- y en su momento se persiga literalmente al ganador de la elección, para conocer su agenda y exigirle establezca las formas y mecanismos que nos permita conocer su trabajo, decisiones, y sobre todo qué asuntos serán considerados de interés de los representados, en principio.

Aunque se dice rápido, para cuestionar y exigir se requiere información, conocimiento, preparación, otra actitud, nueva forma de pensar, aspectos  a los que por lo general no les dedicamos tiempo. Le restamos importancia y hasta llegamos a afirmar que eso le corresponde al gobierno; total esperar una vez más  no exige; sin embargo, en estos tiempos de tantos y variados problemas agregamos otros: el lodazal en que se han convertido las campañas políticas, donde las ocurrencias, las intromisiones del poder en el proceso, las habladas de los líderes de diputados y senadores, los “no nos afecta” de los líderes y dueños de los partidos cuando un candidato renuncia o deserta.

¿Cómo llegamos a esto?, solo hay que recordar cómo eran las elecciones en tiempos del “Alazán Tostado”, así apodaban a Gonzalo N Santos, político de pistola fajada al cinto y que a balazos coordinó las elecciones de 1941; en las de 1946 las boletas se entregaban a los electores debidamente cruzadas, regresando en blanco las que les daban en las mesas de votación; se entregaban a granel credenciales provisionales; en las de 1956 más violencia, votantes sin credencial, niños votando en San Luis Potosí, y con el tiempo se pasó del “fraude criminal”  al “fraude industrial” con la rasura del padrón, registros múltiples de electores, pago por votar, casillas clandestinas y los medios de información – mientras continuaba el conteo, adelantaba por consigna, el triunfo del candidato oficial. Eran los tiempos del partido hegemónico, del presidencialismo autoritario, mismo que empieza a asomar el cuerpo entero en 2021, donde lo normal es continuar con el deterioro democrático, el desmantelamiento institucional, la mentira, la opacidad en el manejo del dinero público, la simulación en el combate a la corrupción, el nepotismo y el riesgo de pasar de la polarización social al enfrentamiento entre poderes, y por los sucesos de Tamaulipas, también al enfrentamiento entre ámbitos de gobierno.

En mi colaboración anterior (Memoria), citaba dos alternativas para  transformar al país,  la del Control Jurisdiccional (Hans Kelsen) y la del Control Político (Carl Schmitt); vale señalar que esta defiende el sistema de partido único como modelo estatal para conseguir la unidad del pueblo alemán y que jure lealtad incondicional al líder Adolfo Hitler; fascismo puro.

En el Cajón. Ante los hechos de gobierno, no queda duda que se están dando los pasos necesarios para centralizar el poder en una sola persona; se viene minando el sistema de pesos y contrapesos que representan la división de poderes y los organismos autónomos constitucionales. También el INAI es de todos los mexicanos, a pesar de lo que sucedió con el Instituto de Transparencia de Oaxaca; el congreso lo desapareció. Si queremos ser actores en este proceso tenemos que salir a votar este 6 de junio; saber quién es quién como candidato; cuál es su propuesta, no su frase de campaña. Participa, entérate amable lector. No debemos regresar a la normalidad que dinamitó la pandemia.

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Opinión

Memoria

Infatigable luchador social y entrañable amigo, Moisés Picazo Salazar

A su memoria.

A veces es necesario contar de nuevo la historia para que no se nos olvide el abuso, el agravio, el engaño y el saqueo del que hemos sido objeto; también recontar el origen del daño sufrido; es posible que los jóvenes de esta época desconozcan  los esfuerzos que se han hecho para construir los equilibrios y contrapesos que han permitido avanzar, lentamente, pero avanzar en fin, en la construcción de nuestra joven y débil democracia –que no es solo el acto de un día, votar y ya- que va mucho más allá y que implica la construcción de efectivas relaciones entre el Estado y la Sociedad; es decir entre las reglas, instancias, instituciones, procesos y procedimientos que nos hemos dado, y los beneficios que todo ello debe significar para la sociedad toda.

El camino andado ha sido largo y nada fácil; construir una democracia en cualquier país no se ha estado exento de violencia, de sangre, de sacrificios, de engaños que permiten avances y retrocesos; las discusiones han sido permanentes y la diversidad de ideas e intereses también; por ello y en aras de valorar lo que tenemos, me permito, amable lector, hacer un poco de historia sobre el camino recorrido.

En 1917, febrero 5, se crea la Junta Empadronadora, las Juntas Computadoras Locales y el Colegio Electoral; se buscaba establecer una base para organizar las elecciones federales realizadas en marzo del mismo año; Venustiano Carranza es electo Presidente de México;  en 1946 se crea la Comisión Federal de Vigilancia Electoral, que es integrada por el Secretario de Gobernación y otro miembro del gabinete, 1 diputado, 1 senador y 2 miembros de los partidos más representativos; en 1951 se crea la Comisión Federal Electoral, que además del secretario de gobernación la integraban 2 representantes del poder legislativo, 1 de cada partido y un notario público que fungía como secretario; a través de esta comisión se consigue el control total de las elecciones y el registro permanente de los partidos políticos; se le faculta para interpretar y aplicar la ley electoral del momento, la distribución geográfica de los distritos electorales, listas de candidatos uninominales y plurinominales; resolver cualquier conflicto o apelación electoral; la asignación de tiempos a los partidos en radio y televisión, y las prerrogativas para el uso de esos medios. No está demás decir que la calificación de las elecciones y la defensa de los resultados se hacían en el Colegio Electoral controlado por la secretaría de gobernación. Control absoluto, el gobierno era juez y parte.

La “caída del sistema” en las elecciones presidenciales de 1988, agregada a la elección de José López Portillo, en 1976 siendo el único candidato, se acumularon junto con el crecimiento de la clase media y presiones del exterior, para que iniciara el proceso que permitió arrancar de las garras del gobierno la organización y calificación de las elecciones. Esto sucede con la creación del Instituto Federal Electoral en agosto de 1990, 73 años después de la creación de la Junta Empadronadora a partir de la cual se fueron estructurando, cambiando nombres y reformando las reglas y procedimientos para que el gobierno, es decir el presidente, se mantuviera como el gran elector.

Con la transformación del IFE a Instituto Nacional Electoral, INE, se continúa el proceso de ciudadanización de las elecciones en tanto asumimos el doble rol: cuidarlas y votarlas, por lo que no pueden venir a decirnos que debe desaparecer como lo escupió “Mario el Exterminador”; o que se amerita una profunda reforma en beneficio de México –así, sin más detalle- y que además ataca al presidente, como lo dice Monreal, quien no recuerda que los partidos políticos reformaron a gusto según les iba en las elecciones, cuando militaba en el PRI; ha sido largo el camino recorrido; hay cosas que deben ser perfeccionadas; otras que deben ser agregadas a la estructura electoral tanto en lo organizacional como en lo funcional, los partidos deben ser acotados en aras de la representación efectiva. Pero exterminar al INE, NO; primero porque no es de ellos, es de todos los mexicanos, y debemos aprovechar la coyuntura que vivimos para dar el paso definitivo y consolidar la democracia, claro que debe dejar de ser entendida como el acto de un día. No es solo asunto electoral, es también calidad de gobierno, de Estado, de Sociedad, de fortalecernos para enfrentar los retos que están por venir. Debemos defender lo que TODOS hemos construido; la apatía nos regresará a un pasado de saqueos y simulaciones. Salir a VOTAR y razonar el voto es obligación inmediata.

En el Cajón

Para transformar realmente al país, son fundamentales un buen diagnóstico de la situación, y los contrapesos efectivos para controlar el poder; en este momento tenemos dos alternativas: El Control Jurisdiccional donde el Derecho debe controlar y limitar el ejercicio del poder (Hans Kelsen), y el Control Político donde el Pueblo, “la dictadura soberana” ejerce la soberanía por medio de un Jefe, en el que confía y se identifica (Carl Schmitt). Sobre este tema abundaré en próxima colaboración.

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Opinión, Publicaciones

Hacerlo, es lo necesario

Miguel Ángel Ordaz

Durante las últimas cinco décadas y a partir de la creación del IFE, la participación ha sido parte del discurso social en el país, mismo que no ha sido bien visto si hacerlo no parte del impulso gubernamental.

Durante este lapso se promueve la democratización del país, que hasta ese momento no pasaba de ser una simulación más. Los partidos políticos han migrado de organizaciones políticas a guardas y testaferros del poder, pasando por dirigencias que actúan como dueños, oferentes de franquicias, y en los últimos tiempos en verdaderos entes burocráticos que aparecen cuando se avecinan tiempos de elección; así, a los ciudadanos, como al nopal, solo lo van a ver cuándo tiene tunas.

Son perfectos los tiempos electorales para estas visitas. El sistema político que nos cargamos y la forma tan torcida en que mutó el régimen de gobierno, permitieron que los principios democráticos de efectiva representación y actuación de los representantes se fueran despegando de la comunidad, al tiempo que la búsqueda del poder tuviera como principal motivo el poder mismo; por eso vemos el permanente reciclaje de candidatos -a pesar de su desastroso paso por otros cargos, uno como alcalde, y otro para diputado local que ya es por su tercera vez- que obedece su participación más a la consolidación de un grupo en el poder, que el uso de este en beneficio de todos nosotros los ciudadanos contribuyentes. Dejemos de solo ver, es tiempo de razonar y sobre todo de actuar, de hacer.

Mientras la representación deja mucho que desear y la democracia participativa es sujeta de manipulación, las alternativas participativas se reducen a que nosotros, los ciudadanos, la sociedad, lo hagan a través de los pocos instrumentos que van quedando en este proceso de transformación, desmantelamiento institucional, que estamos viviendo. Uno de esos instrumentos es el derecho a saber, a conocer lo que hace el gobierno, lo que deciden quienes forman y formaron parte de él. Si el “mayoriteo” tramposo y cínico de la legislatura que recién terminó en Coahuila, al servicio del ejecutivo,  no permitió entre otras cosas, que se diera cuenta precisa de los créditos contratados por el gobierno estatal durante estos tres años, no podemos esperar más para exigir nuestros derechos. Salgamos este domingo 18 de octubre a realizar un voto razonado, y preparémonos para exigir cuentas específicas al Poder Legislativo.

Cambiemos el verbo esperar por el de exigir; lo podemos hacer; empecemos este domingo con el firme propósito de no perder de vista la actuación de los servidores públicos, del uso de los recursos, de las decisiones de los órganos colegiados y del sentido del voto de quienes los integran, trátese del Congreso local, o del Cabildo. El objetivo principal de la transparencia y la rendición de cuentas es incidir en las políticas y participar en la elaboración de las políticas públicas a través del ejercicio del derecho a la información.

Ejercer este derecho implica dos obligaciones: conocerlo y aplicarlo, y conocer al sujeto de aplicación, al gobierno, a la parte del mismo que nos interese saber lo que hace.

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Opinión

Política, democracia, participación ciudadana son, pero no están

Por Moisés Picazo

Esto concuerda con lo expresado por el Doctor en Derecho Eduardo López Betancourt, en una plática en la Ibero Torreón: “Tenemos un Estado de Derecho, pero no vivimos un Estado de Derecho», y se pone de manifiesto ahora más que nunca gracias a las “benditas redes sociales”.

Ejemplos: en un chat de personas mayores algunos manifestaron  ”si aquí se habla de política, nos retiramos de este grupo, pues aquí no se debe hablar de política”; en otro grupo: “es que el INE les reparte  dinero a manos llenas a los partidos políticos”; y otros afirman “es que el INE hace fraude electoral”; otros más como la CNDH y organismos de la sociedad civil: “solo defienden a los delincuentes”, y otros comentan que el ejército debe actuar en la seguridad pública, o sea, hacerla de policías.

EL FRAUDE ELECTORAL NO ES DELITO (Ley general en materia de delitos electorales), el INE no puede alterar un acta, ni puede anular una casilla o una elección, ni puede comprar votos, y menos inducir para que un partido o ciudadano vote en cierto sentido, no maneja dinero, ni les da dinero a los partidos”. Y así podríamos continuar, con una serie de leyendas urbanas o díceres de la gente, que el mismo gobierno o partidos difunden no irresponsablemente, sino intencionalmente. Para detalle de esto, ver artículo El INE NO DA DINERO A LOS PARTIDOS NI DECIDE QUIÉN GANA UNA ELECCIÓN”. Moisés Picazo publicado en Red es Poder.

Lo preocupante es que no tenemos mentalidad de ciudadanos y nos han hecho analfabetas cívicos, pues si no conocemos nuestros derechos o si simplemente ni siquiera sabemos que los tenemos, ¿cómo podemos exigirlos? Vuelvo a citar la frase del Marqués de la Croix, Capitán General de la Nueva España y Virrey de la misma: “De una vez y para lo venidero deben saber los súbditos que nacieron para callar y obedecer y no para discutir y opinar de los altos asuntos de gobierno” hace ya más de  250 años.

Solo recuérdese que los funcionarios públicos o gobernantes, empezando con el presidente de la república y terminando con el último burócrata, no pueden hacer nada que no esté previsto en las leyes correspondientes, muy al contrario de nosotros los ciudadanos que tenemos toda la libertad dada por la constitución, siempre y cuando no violemos las normas establecidas o afectemos los intereses de terceros, como dice Gabriel Said “ellos nos deben hacer los mandados a nosotros, no nosotros a ellos”, somos mandantes y ellos son mandatarios (mandaderos).

Veamos, ¿quién hace las leyes por las cuales nos manejamos, por las cuales se rigen el gobierno y los organismos públicos? Pues les tengo una mala noticia, las hacen los partidos políticos, por medio de sus legisladores (no nuestros), diputados federales,  estatales y senadores, y sigue vigente la frase “se acata pero no se cumple”. No olvidemos que los políticos y sus partidos hacen sus leyes para despacharse con la cuchara grande y no les importa ni el país, ni el pueblo, ni los pobres, y al contario, no quieren acabar con la pobreza, solo administrarla para que sigan votando por ellos.

Nos engañan con aparentes leyes que solo existen y las aplican para su beneficio, como se mencionó, el fraude electoral no es un delito y menos grave, (vean la Ley General en Materia de Delitos Electorales, 26 artículos), la corrupción tampoco es delito, el robo de fondos públicos no es delito grave, le llaman peculado.

Desde el siglo V a. de C., que se popularizó con la obra de Aristóteles “Política”, se puede tener la seguridad de que en ninguna obra o tratado se le da la connotación de política a la mexicana, ahí les van una cuantas muestras de lo que no debe ser la verdadera política: “Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”, “El que no tranza no avanza”, “Haga obras, pues de la obra lo que sobra”, “La corrupción somos todos” “La moral es un árbol que da moras”.

Otro ejemplo, no conocemos que tenemos derechos humanos, y sus características; por ejemplo, no ejercemos el derecho a la información, que es nuestra, no de ellos.

Espero haya oportunidad de ir combatiendo estos mitos y fantasías de nuestra realidad política, democrática y social pues aún tenemos leyes e instituciones que sobreviven con cierto grado de autonomía, y podremos dejar de ser analfabetas cívicos. Citando a Abraham Lincoln: “Puedes engañar a todos algún tiempo y puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todos todo el tiempo”.

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