Opinión

Covid-19: economía estancada, vidas humanas en juego y aislamiento social

Por Alejandro Buendía

Llegó intempestivamente. Ya habíamos visto luces de crisis en países como China, Italia y España, pero la sentimos muy lejana. No le dimos tanta importancia.

El virus se propagó, visitó a 192 países de todo el planeta y por supuesto México no fue la excepción.

En Coahuila y en la Comarca Lagunera registramos apenas el cuarto contagio confirmado a nivel nacional. De pronto la gente comenzó a sentir temor, dejó a las farmacias y supermercados sin geles antibacteriales, sin cubrebocas, sin antisépticos. A partir de ese momento, todo giró en torno al nuevo virus que tiene paralizado al mundo, sin embargo, nunca se pensó que sus efectos pudieran ser tan adversos, tan preocupantes.

Llegó la fase #1 de la epidemia en México. Se comenzó a divulgar el mensaje de quedarnos en casa, de salir sólo para lo indispensable, de cubrirse la cara con el antebrazo en caso de estornudar o toser. La autoridad pidió extremar precauciones, sin embargo, hasta ese momento, la economía seguía normal, el comercio abierto, los bares y restaurantes disponibles y las empresas trabajando a su máxima capacidad.

De pronto llegó la fase #2 de la epidemia. Los contagios comenzaron a crecer por cientos cada 24 horas, entonces fue hora de tomar medidas más estrictas: la suspensión temporal de todas las actividades económicas no esenciales. Con ellas, bajaron sus cortinas comercios de diversos tipos y tamaños: restaurantes, bares, museos, librerías, tiendas departamentales. La economía comenzó a colapsarse.

Solamente del 13 al 6 de abril, en México se perdieron más de 300 mil empleos formales. ¿El motivo? La falta de circulación, el aislamiento de la fuerza de trabajo, la falta de resistencia de algunos empresarios con capacidad de soportar crisis y la poca afluencia de ciudadanos en los comercios.

De pronto, la esperanza recayó en un hombre, en un líder, en el Presidente más votado en la historia contemporánea de México. Andrés Manuel López Obrador dijo que iba a dar un gran anuncio, un plan de contingencia para salvar al país, para evitar su colapso y para ayudar a los más perjudicados por las medidas de mitigación por la crisis sanitaria que vive México.

Los pequeños y medianos empresarios, aquellos que pagan nómina, agua, luz, teléfono, gas, proveedores, renta e impuestos. Aquellos que no son ricos, que no son millonarios, pero que generan casi el 60 por ciento de los empleos formales del país. Estos emprendedores, con el rosario en la mano, querían escuchar que iban a ser apoyados con algún tipo de subsidio, sin embargo, esto no ocurrió.

En manos del Gobierno Federal está evitar el colapso de la economía mexicana. Por un lado, se entienden las medidas que tomaron, buscan aguantar la fase más complicada del virus sin endeudar al país, para después reactivar la economía generando empleos a través de proyectos de inversión, obra pública y programas sociales. La decisión que tomó López Obrador y todo su equipo es riesgosa, es como un volado, como un duelo mano a mano con el destino y con el futuro de toda una nación.

Los apoyos para las Pymes no llegaron, si acaso se anunció el otorgamiento de créditos con bajas tasas de interés para quienes quieran emprender un negocio, pero para los ya establecidos, no hubo nada, ni un estrechón de manos, ni una palmada en la espalda.

Por lo pronto, quedará esperar si las autoridades mexicanas tomaron la mejor decisión. Sin embargo, también es nuestra responsabilidad como ciudadanos acatar las medidas de mitigación: quedarnos en casa, salir sólo para lo mínimo indispensable y entender que es tan grande el atraso del sistema de salud mexicano, que está en nuestras manos evitar que éste no colapse y cobre la vida de cientos de miles de personas.

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