Lo normal…

Por Miguel Ángel Ordaz

Considerar que algo es normal puede derivar de las siguientes circunstancias: que se repite con frecuencia, que se sujeta a una norma, que de tanto repetirse se crea la costumbre que suceda, y que como tal, forma parte de la cultura. Ésta, se compone además de valores y prácticas, lo que nos indica que cuando asociamos lo normal con la costumbre y la cultura, se establecen las características socioculturales de una comunidad.

Visto así se puede hacer un sencillo ejercicio para determinar cómo es esa comunidad y qué la caracteriza. Ante situaciones de apremio, se aguza el ingenio, se crea, se innova, todo para salvar el apuro. La presión pues, obliga a atender y resolver problemas siempre y cuando, claro, se tenga el interés por actuar. A mi juicio, estamos frente a un escenario donde asuntos que no eran normales, empiezan a serlo, como es el caso de los datos, las cifras, el discurso y sus ofertas, hacer de la tragedia algo normal es un reflejo del tipo de sociedad que se tiene; el asunto viene al caso porque tal parece que nos estamos acostumbrando a ella en tanto los números y porcentajes van tomando carta de naturalización y nuestra capacidad de asombro va desapareciendo, como sucede con los homicidios que a diario azotan regiones del país, ya sea jovencitos en Michoacán, adultos en el corredor Salamanca – León en Guanajuato, una familia en los límites de Chihuahua y Sonora, corredor industrial en zona metropolitana de Guadalajara; la indiferencia sobre el número de mujeres que a diario son asesinadas, nos dice – salvo algunos grupos organizados-, que solo son eso, un número.

El pasmo en que nos encontramos refleja el subdesarrollo en el que estamos, el no querer abandonar la zona de confort, el no interesarnos en lo que sucede, en fin, que nos seguimos tragando lo que el gobernante dice como si fuera una verdad de peso sin cuestionar o siquiera dudar de ello. De las cifras pasamos al discurso oficial donde solo hay una afirmación incuestionable y tolerada, no importa que sean verdades a medias o mentiras completas, basta con que lo diga la figura y aparezca ésta en los medios de información, abusando del entorno: un niño en silla de ruedas recién estrenada, un campesino recibiendo una caja con alimentos, que tiene como contraste a quien la entrega, bien vestido y comido; total esto ha sido normal, es la costumbre. Así también lo ha sido el abuso en el ejercicio del poder en tanto quien lo ejerce no rinde cuentas a nadie, y en el mejor de los casos acude a un congreso donde nuestros representantes solo atienden la instrucción y la formalidad, total lo normal es que la división de poderes y los pesos y contrapesos aparezcan en el discurso con foto y todo.

Los dichos siguen siendo más que los hechos; y los usos se acompañan de los abusos aunque claro, legales, no importa que sean injustos, como resulta con el poder: disponer de nuestros impuestos para pasear la imagen de quien tiene el poder, al cabo que siempre es mejor gastar el dinero de los demás.

No más esta normalidad; rescatemos nuestra calidad de ciudadanos que le damos un mandato a quien nos gobierna y exijámosle que nos cumpla. Hay que sacudirnos este pasmo y modorra que tanto nos ha dañado. Hagamos que los hechos sustituyan a los dichos, participemos conociendo lo que obliga al gobernante y analicemos lo que sigue siendo injusto, aunque sea legal.

PC 29 mantiene su propósito de exigir a partir del conocimiento; acércate, amable lector, te decimos cómo.

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Violencia, estructuras y normalización

Por Alejandro Buendía

¿Qué pasa cuando un niño de tan sólo 11 años se atreve a quitarle la vida a otras personas y a terminar con la suya? ¿Qué pasa cuando un centro escolar se convierte, de manera intempestiva, en un lugar de riesgo?

El pasado 10 de enero Torreón fue el centro de atención de todo el mundo. Un menor de 11 años, armado con dos pistolas, asesinó a su maestra, hirió a seis personas más y se suicidó. Todos nos conmocionamos, todos lloramos, todos nos indignamos, todos sentimos dolor pero, ¿y después? ¿En qué momento tuvimos un proceso de reflexión?

Una de las primeras declaraciones que escuchamos fue la del alcalde Jorge Zermeño Infante. Con un rostro lleno de conmoción, aseguró que no se explicaba cómo un niño que no tenía referencias de problemático y que tenía buenas calificaciones se atrevió a ejecutar tal atentado. ¿Eso quiere decir que, si un niño es inteligente y aplicado en la escuela no podría vivir y crecer en un contexto complicado?

Posteriormente, el Gobernador Miguel Riquelme, desde Saltillo, dijo que el niño estaba influenciado por un videojuego violento, y que quizás dicho contenido lo llevó a perpetrar el ataque. ¿Podría ser tan simple y vaga la motivación?

Coahuila y el norte de México, desde 2007 y hasta 2013, fueron el principal centro de exterminio y de distribución de droga de todo el país. Las matanzas eran diarias. El canto de las mañanas era interpretado por el sonido de las balas, no por las aves. Los niños, por un tiempo, dejaron de salir a las calles. Todo se convirtió en tensión, en miedo, en pánico.

Hoy, haciendo referencia al pasado, y tomando en cuenta la historia de la región y del país, podemos entender que la violencia que hoy vivimos y respiramos es estructural y está normalizada; la vemos en el lenguaje, en la ropa, en los chistes, en la televisión, en los medios, en el internet. Hoy la violencia se coló hasta la médula de la sociedad, hasta el segmento más vulnerable, hasta la niñez.

No basta con usar mochilas transparentes, no basta con que revisen las pertenencias de los niños, no basta con detectores de metales y controles exhaustivos de seguridad. Los niños, en principio de cuentas, no son los criminales. El menor autor del tiroteo, fue una víctima más, una víctima de la violencia, de la indiferencia, de la falta de atención, pero también un resultado de un Estado que dejó abandonado a las nuevas generaciones, un Estado que es reactivo y no preventivo, un Estado que, hasta que la mecha se prende y causa una explosión, busca cómo apagar el fuego para que el mundo no se venga encima.

Lo que vivimos en Torreón quedará marcado en la memoria colectiva de los laguneros. El pequeño de 11 años, autor del tiroteo, fue la principal víctima de un Estado fallido, olvidadizo y torpe, pero también fue el resultado de la poca atención que la sociedad le estamos poniendo a lo que vemos, consumimos y respiramos a nuestro alrededor.

El tiroteo no fue un hecho aislado, ni un “trágico suceso desafortunado”, como le llaman las autoridades, fue el efecto de toda una cadena de acciones que describen a la perfección que vivimos y sobrevivimos en una región donde normalizamos la violencia.

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